Escuchar Wounded Rhymes es entrar en la oscura y cavernosa mente de Lykke Li.

El descenso comienza fácil. “Youth Knows No Pain” es una cálida bienvenida que nos prepara para el frío de la lúgubre gruta. Un bajo hipnótico nos mantiene en en un ritmo parejo. No da lugar a titubeos.

Cuando “I Follow Rivers” comienza, la oscuridad ya es opresiva. Pero que despierta una inevitable curiosidad. Su voz, como un llamado sumiso, se transforma en un encanto que nos obliga a continuar. El estribillo seguirá sonando mil veces más en nuestra cabeza. Ahora es ella quien nos sigue a nosotros.

Seguimos el camino sintiendo las húmedas paredes. En “Unrequited Love” y “Silence My Song” su voz rebota sobre ellas, dejando un rastro de suaves melodías acompañadas de ecos corales.

Wounded Rhymes tiene momentos más brillantes, como “Rich Kids Blues”, donde se da el lujo de ejecutar un rock siniestro, comandado por un riff que parece salir de una película de aliens clase B. Sin embargo, esos momentos se ven rápidamente eclipsados por canciones como “I Know Places”, una balada acústica que mantiene la simpleza entre guitarra y voz, logrando un resultado íntimo y estremecedor.

Pero llega “Get Some”, y parece sentirse incómoda en su propia piel. “I’m your prostitute, you gon’ get some”, nos advierte como una joven virginal con pretensiones de experimentada madama. No nos convence. Pero esa es la gracia.

Lykke Li no le teme a nada. Ella es oscura, pero aquí está en su casa. Ella es triste, pero no parece molestarle. “Sadness is my boyfriend, oh sadness I’m your girl”, ella canta. Es ella la mejor acompañante en el descenso al tortuosa amargura, o a la más agradable melancolía.

El disco termina y el silencio gana los espacios vacíos. Wounded Rhymes se permite el regocijo en el bajón. Es una oscuridad se disfruta con la tranquilidad de ver un rayo de luz al final del trayecto.

 

Lykke Li – I Follow Rivers

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